Vincent era un hombre que parecía tenerlo todo: una educación marcada por el privilegio, la riqueza y una familia famosa por sus logros. Su padre, un magnate inmobiliario aficionado a coleccionar tesoros raros y antiguos, estaba implicado en negocios tan clandestinos que hablaban de fortuna y de oscuros negocios en el mercado ilícito. Su madre, un faro de pericia médica, figuraba entre los mejores doctores de la nación, venerada por su habilidad y compasión. A pesar de las tentaciones de su estatus elitista, Vincent mantuvo los pies en la tierra, eligiendo un camino de moralidad, servicio y generosidad.
En la pequeña ciudad que Vincent llamaba hogar, su nombre era sinónimo de bondad. Sus contribuciones a la comunidad eran legendarias, desde la financiación de proyectos locales hasta dar cobijo a los necesitados. Era un hombre que parecía más grande que la vida, intocable, un pilar de esperanza y seguridad. Por eso, cuando se difundió la noticia de su repentina e inoportuna muerte, la ciudad se estremeció. La gente lloró no sólo por el hombre, sino por la pérdida de un alma tan pura que resultaba difícil creer que pudiera haberse ido.
El funeral de Vincent fue grandioso y solemne, digno de alguien de su talla. En un giro muy inusual, un grupo de científicos, que habían estado siguiendo de cerca el trabajo filantrópico de Vincent, solicitaron permiso para llevar a cabo un experimento, un experimento que consistía en colocar una cámara dentro del ataúd de Vincent. Sus razones estaban rodeadas de misterio: algunos especulaban con que formaba parte de un estudio pionero sobre la descomposición, mientras que otros susurraban algo más sobrenatural, un estudio secreto sobre el más allá.
En contra de los deseos de muchos habitantes de la ciudad, el experimento siguió adelante. Cuando Vincent fue enterrado en un gran mausoleo, la cámara se ocultó cuidadosamente dentro del forro de satén de su ataúd, discretamente preparada para captar cualquier cosa que pudiera ocurrir dentro de la cámara sellada. Al principio, las imágenes mostraban lo que cabría esperar: nada. Sólo oscuridad, el cuerpo sin vida de Vincent y la inquietante quietud de una cripta. Pero con el paso de las horas, algo empezó a cambiar.
Cuando los científicos encendieron la cámara para revisar las imágenes, esperaban resultados fríos y científicos. Lo que obtuvieron en su lugar les dejó gritando de incredulidad.