Sentirse poco apreciado e infravalorado después de dedicar años de tu vida a trabajar para la misma empresa puede ser devastador, pero por desgracia mucha gente lo experimenta. Esta es una de las razones por las que no deberíamos poner nuestro trabajo en lo más alto de la lista de prioridades.
Experiencias como ésta deberían aceptarse como valiosas lecciones de vida que nos enseñan que nuestra valía no viene determinada por la percepción de una empresa.
Una mujer llamada Annie compartió una historia sobre su jefe, que la obligó a pasar por un calvario sin motivo.
Cuando su hijo Kenny se puso enfermo y necesitó pasar algún tiempo en casa para cuidarlo, creyó que su jefe no le plantearía ningún problema. Cuando le llamó por teléfono para decirle que su hijo tenía fiebre alta y necesitaba ver a un médico, lo único que le importó fueron los informes de marketing.
Él, sin embargo, no se molestó en contestar nada, sino que colgó el teléfono.
Pasó una semana y Kenny se sintió mejor y empezó a ir al colegio. Annie volvió al trabajo, pero en cuanto entró en su despacho vio a su jefe sentado en su silla y dando palmas. En un momento, Annie se encontró en la comisaría y luego en una celda. Le negaron una llamada telefónica y se quedó temblando porque no sabía qué había hecho mal.
Al cabo de un rato, habló con otro agente que le concedió una llamada. Preocupada por su vida y su futuro, llamó a su amiga Mia, que era abogada.