Cuando llegó el día de su boda, Sarah estaba emocionada y nerviosa a la vez. Puso mucho empeño en que fuera el día más memorable de su vida. Desde el lugar de celebración hasta el menú y el vestido de novia de sus sueños, esperaba que todo saliera perfecto.
Su futuro marido era un hombre excepcional y ella estaba impaciente por darle el «sí, quiero» y pasar la eternidad a su lado.
Mientras su padre la rodeaba con el brazo, le aseguró que ese día sería tan bonito como siempre había imaginado. Con lágrimas de alegría apareciendo en sus ojos, le cogió de la mano y ambos caminaron hacia el altar.
Allí, con la mirada clavada en sus ojos, mirándola fijamente, estaba el hombre de sus sueños. «El día no podía ir mejor», pensaba para sí misma a cada paso que daba.
Levantó la tapa y sacó del ataúd una foto de Jason, el novio. Entonces empezó a reír junto con el resto de amigos.
Era su manera de demostrar que una vez que Jason atara el nudo, estaría «muerto» para ellos, como en no más noches de cerveza y andar por ahí como de costumbre.
Sarah se sintió aliviada. No estaba enfadada, porque a pesar de la locura de aquella broma, hizo que toda la experiencia fuera aún más memorable.
Ella y Jason hicieron sus votos y el día de su boda fue un momento memorable que la gente recordó durante semanas.