A Caleb le quedaba poco en este mundo, pero el vaso de papel con monedas que sujetaba con fuerza en la mano lo era todo para él. Se alojaba en una pequeña tienda improvisada cerca de la gasolinera local, lo justo para que él y sus cuatro hijos estuvieran a salvo de las inclemencias del tiempo.
Esa noche, Caleb regresó a la pequeña tienda instalada en un terreno olvidado cerca de la gasolinera. Cuatro niños -dos varones, uno de diez años y el otro de siete, y dos niñas, una de nueve y la otra de cinco- le esperaban bajo el suave resplandor de la lámpara parpadeante.
Caleb decidió actuar.
Entregó todos los activos dudosos a las autoridades, permitiéndoles desmontar la parte ilegal del negocio. El resultado fueron enormes pérdidas. Los aspectos legítimos de Everett Enterprises disminuyeron considerablemente, y el revés definitivo llegó cuando la mayoría de los activos se destinaron a pagar multas o indemnizar a las víctimas.
Caleb siempre recordaba el día en que decidió gastar sus dos últimos dólares en otra persona. Si no lo hubiera hecho, es difícil decir lo diferente que podría haber sido su periplo. Sin embargo, él no cambiaría nada. Puede que no fuera rico, pero tenía la conciencia tranquila, un techo sólido y cuatro hijos maravillosos que le querían y le admiraban. La vida, con todas sus vueltas y revueltas, les había llevado hasta ese momento, y eso era lo único que importaba.