Encontré este viejo sillón en el vertedero y, por supuesto, no pude dejarlo pasar. Aunque parecía destartalada y olvidada, aún conservaba elegancia en su forma, un atisbo de la belleza de antaño.
No lo dudé mucho: me lo llevé a casa antes de que nadie pudiera interceptarlo. Primero quité el viejo tapizado, desmonté la silla y evalué su estado.
El armazón era fuerte, pero la tela hacía tiempo que había perdido su aspecto, y el relleno se había desmoronado.
Tuve que cambiar la silla por completo, ¡pero mereció la pena! En lugar del estampado floral anterior, se me ocurrió hacerla de un color verde intenso, noble, fresco, que recordara al frescor del bosque.
Tenía en casa el mismo taburete en un color parecido, así que se complementarían a la perfección.
Encontré una tela densa y aterciopelada, agradable al tacto, que acentuaba la elegancia de la silla.
Decidí dejar intacta la estructura de madera, sólo la repinté lijándola ligeramente y barnizándola con una laca protectora para conservar el color natural de la madera.
Ahora la silla no parecía un trasto desechado, sino un hallazgo vintage, como salido de una costosa tienda de antigüedades.