A pesar del dolor, pronto me di cuenta de que su partida fue en realidad una liberación.
Ahora estoy sola. Mejor dicho, soy libre. Estoy bien sin una relación, y ni siquiera quiero pensar en empezar otra. Finalmente comprendí lo más importante: en el matrimonio, presté demasiada atención a los demás y me olvidé de mí misma.
Viví para mi esposo, para mis hijos, y descuidé mi propio bienestar. Ahora entiendo que en una relación es importante cuidar no solo al otro, sino también a uno mismo.
Durante todos esos años, mi esposo se acostumbró a que yo siempre me ocupara de él, y lo dio por hecho. Cuando yo necesitaba su apoyo, su interés por mi bienestar desaparecía y seguían las quejas.
Después del divorcio, mis hijas se convirtieron en mi mayor apoyo. Me recordaron que la vida sigue. Ahora tengo más tiempo para mí misma. Aprendí a disfrutar de la vida y entendí que puedo ser feliz sin mi esposo.

He decidido: nunca perdonaré a mi esposo y no volveré con él.

